Se Hará Justicia | María Agustina Castells, el camino para reparar el dolor y alcanzar la verdad

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Nueva edición de Se Hará Justicia con la conducción de la Dra. Verónica Ottaviano, en esta ocasión con la visita de María Agustina Castells, con una historia de vida muy fuerte y protagonista de un emblemático juicio por la verdad en donde su abuelo fue condenado por abusar sexualmente de ella cuando era niña. La historia de vida, los procesos personales y judiciales, las razones y el impulso para contar la situación y por que se considera una sobreviviente y no una víctima. 


 

Una historia que vale la pena escuchar para comprender los procesos que atraviesa un niño que es abusado por un familiar directo. María Agustina Castells es una sobreviviente de los abusos de su abuelo, situación que atravesó entre los cuatro y doce años. Muchos años después, se realizó un juicio por la verdad, en una causa que siguió el juez Gabriel Vitale que terminó con la condena de esa persona. Un repaso por una historia fuerte, que puede valer como ejemplo o referencia para muchas personas.

En la charla, Verónica Ottaviano describió el marco legal respecto a los abusos sexuales en la niñez y los plazos de prescripción. «En 2011, a raíz del caso Piazza, se sancionó la Ley 26.705, la cual estableció que el plazo de prescripción para delitos de abuso sexual infantil comienza a computarse recién cuando la víctima cumple la mayoría de edad. Sin embargo, esa norma resultó insuficiente porque muchas personas a los 18 años siguen procesando lo sucedido».

«Por ello, en 2015 se sancionó la Ley 27.206, conocida como la «Ley de los tiempos de la víctima». Su artículo 2° suspende la prescripción hasta que la víctima, habiendo cumplido la mayoría de edad, se sienta capacitada para denunciar o ratificar lo denunciado por sus representantes. Bajo este marco, hoy podemos decir que estos delitos son prácticamente imprescriptibles», continuó.

«Sin embargo, debido al principio constitucional de irretroactividad de la ley penal más benigna, los hechos ocurridos antes de 2011 suelen considerarse prescriptos. Aun así, cuando la justicia quiere, puede encontrar soluciones: poner nombres, escuchar, romper silencios y aplicar formas de reparación que van más allá de una pena tradicional. Es el caso de nuestra invitada Agustina Castex».

 

 

Dra. Verónica Ottaviano: La idea de este espacio no es ser morbosos ni revictimizar. Para comenzar, contanos: ¿quién es Agustina hoy? ¿A qué te dedicas?

Agustina Castells: Estudié Letras en la UBA porque quería ser escritora. Durante muchos años fui profesora de secundaria y sigo siéndolo. Actualmente trabajo como capacitadora en el Ministerio de Seguridad y soy lingüista como entrenadora en inteligencia artificial. Logré cumplir un gran sueño: terminar mi primera novela que es el gran deseo que tuve toda la vida, que se titula Bolívar 1068, y estoy viendo cómo publicarla. Hoy me siento, ante todo, escritora.

Dra. Verónica Ottaviano: Qué importante el valor de la palabra frente al silencio. Además de tu novela, participaste en el libro Medusa, coordinado por el juez Gabriel Vitale, donde relatas en primera persona tu experiencia en el capítulo 16: «Tiempo de decirme: mi camino entre los juguetes y la verdad».

Agustina Castells: Respecto a hacer de mi vida una oda al hablar y a expresar creo que desde muy chica dije lo que me había pasado. Mi abuelo materno abusó de mí cuando era muy pequeña. Desde el momento en que entendí que eso estaba mal, que también es un proceso, uno de los grandes triunfos fue saber desde el minuto cero que eso lo tenía que decir en cuanto tuviera la oportunidad.

Al principio surgen la culpa, el miedo siendo uno de los delitos más aberrantes. Uno incluso siendo niño sabe que eso puede descalabrar la vida. A eso se suma la amenaza del abusador diciéndote: «Vas a destruir a la familia». El abusador te amenaza porque te tiene miedo. Pero al empezar a hablar, el poder del agresor —que solo reside en el silencio y el ocultamiento— se empieza a desarmar esa coraza y esa cobardía. Lo ví desarmarse en el camino de este proceso, poder decirlo desde un principio fue una de las grandes diferencias de mi caso, el momento en que lo empieza a contar se vuelve la única solución posible.

 

Dra. Verónica Ottaviano: En tu relato se nota cómo decidiste hablar, incluso a los 8 años, impulsada por el amor a tu hermana menor para evitar que a ella le pasara lo mismo. Además, tuviste el acompañamiento incondicional de tus padres. Que se puede hacer mucho frente al dolor, que nadie puede desandar, nadie puede devolver una infancia ni la inocencia, pero sí se puede reparar desde la familia y el amor.

Agustina Castells: Así es. Para mí, la posibilidad de que le pasara a mi hermana menor -de cuatro años- fue la piedra angular para hablar. Frente a estos hechos aberrantes solo hay dos lados: estás en uno o en otro. Hay muchos temas en donde uno puede no meterse o involucrarse, no tomar partido, pero este no es uno de esos casos. También implica saber que va a hacer uno ante esa situación. Yo era muy chica -tenía ocho años -y pensé, no voy a cargar en mi conciencia con haber sabido esto y no decirselo a quienes la podían cuidar.

Dra. Verónica Ottaviano: Con el tiempo, siendo ya adulta, comenzó un proceso particular relacionado con tus juguetes de la infancia que habían quedado en la casa de tus abuelos a los que nunca más viste. ¿Cómo fue ese momento?

María Agustina Castells: A los 30 años participé de un ritual de purificación con ayahuasca en la selva de Ecuador. El chamán te preguntaba de que querías purificarte. Buscaba despegarme de esa experiencia y crear mi propia identidad del devenir de lo que generó todo eso. En ese proceso visualizaba a mi mente los juguetes que habían quedado en la casa de mis abuelos el día que nos fuimos de golpe para no volver jamás.

Al regresar, pedí durante años que me devolvieran esos juguetes, pero quienes podían hacerlo no actuó en consecuencia. Eso alimentó esa sensación de que no les importaba, reavivó la vieja sensación del «no es tan grave»: no es tan grave que no tengas los juguetes, no es tan grave lo que te hizo tu abuelo. Hasta que un día me di cuenta de que no tenía por qué bancarme esa invalidez. Que el «no es tan grave» había signado gran parte de mi vida. Empezó a surgir la idea de no querer bancarme una situación. Pasaron seis años desde que yo pedía los juguetes y nadie me los daba.

Poco después, una amiga, por casualidades de la vida, me contó que había alquilado la casa de mis abuelos y que en el altillo vio una caja con juguetes. Entendí que no podía seguir ignorándolo. Eso seguía estando arriba de la mesa, no me podía seguir haciendome la tonta.

Dra. Verónica Ottaviano: Tu abuelo jamás negó el hecho, solo le restó importancia.

Agustina Castells: Exacto. Llamé a mi abuela después de 20 años sin hablar para pedirle mis juguetes y me mintió diciendo que los había donado a las Monjas Azules. Le dije que sabía que me estaba mientiendo y que si no me los daba hablaría con la inmobiliaria para que los devolviera. Me cortó el teléfono.

En ese instante me di cuenta de que estaba esperando una respuesta coherente de personas que no podían darla. Supe que necesitaba un reconocimiento externo para validar mi verdad. No podía escuchar lo que yo les decía, ni de lo sensato, ni de lo coherente. Y ahí se me ocurrió recurrir a la Justicia.

Dra. Verónica Ottaviano: Consultaste a una abogada y le relataste detalles de lo que habías pasado. 

Agustina Castells: Sí, fui a ver a la Dra. Constanza García. Sé que estos procesos judiciales tienen mala prensa y son difíciles, pero nunca voy a olvidar el momento en que terminó de escucharme, cerró su carpeta y me dijo: «Esto es un delito». Fue relevador, un alivio enorme confirmar que no estaba loca y que lo que había vivido realmente era grave, que alguien de afuera me lo decía.

Dra. Verónica Ottaviano: Es crucial tomar conciencia del impacto que tienen las acciones de la justicia en la vida de las personas, es un profundo mensaje a los operadores judiciales y a las familias que no saben que hacer. Lo importante es acompañar, creer y amar; el resto se va resolviendo.

Esta historia tuvo un «final feliz», entre comillas.  esto tuvo un final feliz, entre comillas. ¿Cómo fue ese tránsito? porque no fuiste siempre bien tratada en la Justicia.  

Agustina Castells: Mi primera aproximación fue Constanza García, mi abogada. Una genia total. Ella fue mi primera aproximación, bastante amable. Me escuchó todo lo que tenía para decir y me dijo: «Esto es un delito, lo vamos a denunciar».

Después de esto, en la primera Fiscalía en la que estábamos, hubo una citación. Tuve que pedir permiso en los colegios donde trabajaba en ese momento, y ahí se generó el primer gran escollo para mí: tener que pedir permiso para faltar y explicar por qué. Entonces era pensarlo: «¿Qué hago? ¿Miento? ¿O si cuento, tengo que contar todo?». La verdad es que fui obligada por esa situación a exponer lo que había pasado. Tampoco sabía por cuánto tiempo iba a tener que pedir permisos en el trabajo para distintas cosas, así que no me sentía cómoda diciendo «tengo que ir al médico» o inventando algo. Si iba a pasar esto, no quería estar ocultándome o mintiendo. Pero también es cierto que, trabajando en un colegio, de repente quedás expuesta ante un montón de gente que tiene una opinión o una historia propia que te empieza a compartir cuando estas cosas salen a la luz. Pasan un montón de cosas con las que con el tiempo fui aprendiendo a lidiar, pero sucedió en esa situación.

Pido permiso, le cuento a mis directivos cuál era la situación de lo que estaba pasando y por qué iba a empezar con todo esto. Me preparo, lo cual implica no dormir y nervios. Yo no había estado nunca en una fiscalía en mi vida. El día que llegué me dijeron que no me habían citado y que no estaba anotada en la agenda. Una vez más, invisibilizando y desconociendo la misma secuencia de «escuchaste mal, te pareció a vos». No escuché mal ni me pareció a mí: tenía un mail que decía que tenía que ir ese día a esa hora. Empezaron a sucederse este tipo de cosas a las que después me fui acostumbrando; ya no lo esperaba. Me decían «tenés que venir tal día» y yo decía «bueno, vamos a ver si voy o si me reciben», y nunca nadie me atendió. Ya me empecé a enojar ahí, porque empecé a darme cuenta de la exigencia que tienen las víctimas: valentía, paciencia, templanza, discurso, una cantidad de cosas. Y yo decía: «¿Por qué me siguen pidiendo cosas a mí?».

¿En qué momento va a pasar esta pelota a que de alguna forma él sienta la responsabilidad de lo que te hizo? Hasta ahora la única que coordina su vida en torno a lo que él decidió sos yo.

Verónica Ottaviano: Y ahí fue donde tu abogada tuvo la lucidez de decir: «Vamos a pedirle una audiencia al juez de garantías directamente y salir de la fiscalía». Con la bendición de que el juez de garantías que estaba interviniendo era quien ahora es el presidente de la Cámara de Apelaciones de nuestro Departamento Judicial, el Dr. Gabriel Vitale. ¿Te recibió Gabriel?

Agustina Castells: Sí. Nos llamó, fuimos con mi mamá y por primera vez sentimos que alguien nos escuchaba y nos recibía. Él sabía mi causa, sabía mi nombre y sabía el nombre de él. Lo de los nombres es algo muy fuerte. A veces pensaba tanto en mi abusador y me preguntaba si se acordaría de mí, si le resonaría de algo mi nombre. Uno de los motivos por los que quise hacer el juicio fue para que me vuelva a escuchar, para que se vuelva a acordar de mi nombre. Si él se olvidó y yo me quedé haciendo toda mi vida en torno a los desastres que él dejó, que mi nombre también se le aparezca a él.

Verónica Ottaviano: Claro, porque él no perdió ni el matrimonio ni nada. Su vida continuó en la inocencia del silencio del resto. El lo único que dijo fue que le había pasado algo parecido cuando era chico.

Agustina Castells: Y que pensó que estaba bien y nada más. Después los peritos dijeron que no creían que él pensara que estaba bien lo que estaba haciendo.

Verónica Ottaviano: Y vos lo llamaste y le avisaste que lo ibas a denunciar.

Agustina Castells: Claro, porque dentro de todo esto que tardábamos, me decían que sí, que no… Yo hago terapia desde siempre, y le decía a mi psicóloga que me sentía muy angustiada y nerviosa. Llegué a la conclusión de que tenía miedo de que él se muriera sin saber que yo estaba haciendo todo esto. Por lo menos que se preocupe, que en algún momento no se pueda dormir o que algo de todo esto lo roce, porque lo veía correr libre por todas estas situaciones. Me empecé a angustiar pensando qué pasaba si se moría y no se enteraba. Pasaba el tiempo y yo estaba cada vez más angustiada pensando esto porque era viejo —sigue vivo, chicos, no se ilusionen, pero sigue vivo—. En ese momento estaba muy angustiada, así que hablé con Constanza y le dije: «¿Lo puedo llamar y decírselo yo? No sé cuándo lo van a notificar ni cuándo le va a llegar la citación, y no quiero que se muera». Me dijo que sí, y lo llamé por teléfono.

Estaba en el colegio trabajando y le pedí a una amiga que me ayudara porque no sabía si me iba a cortar o no. Le dije: «Llamá vos, decí que sos del banco y pasame». Llamó, preguntó por él, atendió y cuando me dio el teléfono le dije: «Hola, soy Agustina». «Hola Agustina, ¿cómo estás?», me dice. Y le dije: «No, te quería decir que te denuncié». Ahí se puso a llorar y me dijo: «¿Por qué me estás haciendo esto?». Esa fue su única frase. Corté y me quedé tranquila. Dije: «Listo, a partir de ahora, si estás llorando en tu casa, bárbaro. Que lleve el tiempo que tenga que llevar».

Verónica Ottaviano: Y Gabriel Vitale le dio una vuelta de tuerca a esta situación: «Es cierto, el delito está prescripto y no podemos hacer nada frente a esto, no va a tener una condena. Pero podemos hacer algo que se hizo con los juicios de lesa humanidad que estaban prescriptos: un juicio por la verdad. Vamos a declarar que el hecho sucedió y que tenga la condena social que tenga que tener». Y así fue. ¿Cómo te sentiste en este juicio por la verdad?

Agustina Castells: Pasaron varias instancias. En muchos momentos fue ilusionarme y después no; que iba a ser un juicio por jurados y después no. Hubo muchas idas y vueltas que, para una persona que no tiene nada que ver con este mundo, es todo un tema. Cada paso que dábamos nos juntábamos en familia a pensar qué íbamos a hacer, qué íbamos a decir y cómo lo íbamos a afrontar. Cuando finalmente llegó la sentencia, fue más que nada alivio.

Verónica Ottaviano: ¿Él participó del juicio?

Agustina Castells: Participó, pero no lo ví en ningún momento. Lo hicieron ir al juzgado de garantías varias veces, pero nunca nos cruzamos. No lo he vuelto a ver. Sé las cosas que contestaba porque me mandaban los escritos, pero nada más.

Verónica Ottaviano: Vitale también dispuso una modificación en la fiscalía interviniente: se dejó de lado a ese fiscal y se le asignó el caso a otra fiscalía. Tras lo sucedido, ¿tuviste repercusiones a nivel familiar o nadie nunca más dijo nada?

Agustina Castells: Hubo repercusiones familiares que llegaron tarde para mí. Ni siquiera pedidos de perdón, sino un «ah, vi que pasó esto».

Verónica Ottaviano: Quiero leer parte de la sentencia del doctor Vitale. El caso de Agustina Castells fue el primer caso donde se llegó a la declaración de la verdad. No podemos hablar de condena porque el delito estaba prescripto, pero sentó un precedente muy importante en el país en relación con los juicios por la verdad frente a delitos sexuales prescriptos.

La parte resolutiva del fallo del doctor Vitale dice: «Resuelvo hacer lugar a lo peticionado por el señor agente fiscal, Dr. José Luis Juárez, y por la víctima de autos, declarando probados los hechos ocurridos entre los años 1993 al 2000 por parte del autor responsable Humberto Haroldo Bello por abuso deshonesto agravado en concurso real con corrupción de menores agravada por hechos reiterados, y abuso sexual gravemente ultrajante agravado en concurso con corrupción de menores agravada por hechos reiterados, en perjuicio de su nieta, quien tuviera en ese momento entre 4 y 12 años de edad». Esto tiene nombre y apellido: el responsable se llama Humberto Haroldo Bello, y la gente lo tiene que saber.

Lo que hizo el doctor Vitale también fue declarar la responsabilidad del Estado nacional ante la omisión de cumplimiento de las obligaciones asumidas respecto de la prevención, investigación y sanción de delitos sexuales contra niñas, niños y adolescentes. En el fallo se habla en extenso de que hay convenciones internacionales de derechos humanos y del niño con jerarquía constitucional que están por encima de cualquier norma, y que sin embargo se siguen declarando prescriptos estos delitos y se sigue revictimizando a las víctimas haciéndolas ir varias veces a tribunales. Es un fallo muy importante por lo simbólico. A veces no se puede todo, pero se puede algo, y ese algo a veces es suficiente para hacer resurgir a una persona.

Más de una vez dijiste que no querés que te llamen víctima, preferís que te llamen sobreviviente. ¿Querés explicarnos por qué?

Agustina Castells: El gran problema con la palabra «víctima» es la falta de agencia. La víctima no decide, las cosas le pasan y el otro es el que toma las decisiones. Durante mucho tiempo él fue el agente de todas las oraciones que tenían que ver conmigo y yo terminaba siendo el objeto directo. Mi alma de profesora de lengua decía: «Yo soy el objeto directo acá». Él dispone, me pone y me saca, e incluso posteriormente en la justicia también. La posición de víctima genera esta idea de pasividad que impone el abusador: ponerte en el lugar de «vos no podés decidir ni decir lo que va a pasar acá». Una parte muy importante de sanar es darte cuenta de que sí podés hacer cosas: hablar, acompañarte de otras personas y buscar la salida desde una posición activa.

A veces uno se agota. Muchas veces me he enojado por la cantidad de cosas que he tenido que hacer a partir de una decisión que no tomé. Es como cuando te roban la billetera y decís: «Ahora tengo que ir a la obra social, hacerme el documento, cancelar las tarjetas…». Bueno, así me pasó con mi vida: tuve que arrancar desde chica haciéndome cargo y aprendiendo a sobrellevar esto. Siendo una posición tan activa la que se exigió de mi parte, me parece un poco injusto ser considerada víctima. Merezco que me llamen sobreviviente porque lo sobreviví, y no desde un lugar pasivo, sino haciendo un montón de cosas para salir de ahí. Cuando estás en la desesperación del pozo, pensar que hay algo para hacer es lo que te puede salvar.

Verónica Ottaviano: Para terminar: ¿pensás que en tu caso se hizo justicia?

Agustina Castells: Si justicia es que cada uno tenga lo que se merece, no; pero estuve mucho más cerca que muchas otras personas y lo agradezco. Me gustaría que no hubiera que hacer tanto mérito para tener justicia, tendría que haber sido más fácil. Soy muy consciente de los privilegios que tuve en este proceso: empezando por la familia que me tocó, que me cuidó, me escuchó y me creyó; lugares privilegiados en la sociedad y de formación que me permitieron decir las cosas con firmeza sin que se malinterpreten. Desearía que no tuviéramos que hacer tanto mérito para que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe. Cualquier persona que haya atravesado delitos tan hostiles y denigrantes se merece que la escuchen y la cuiden. Es una lástima pensar que mi caso se resolvió así por buena estrella, privilegio y mucha suerte; me gustaría que no haya sido por eso que llegué a donde llegué.

 

Verónica Ottaviano: ¿Algo más que nos quieras decir? 

Agustina Castells: Simplemente instar a denunciar. Muchas veces, cuando se habla de estos temas, se remite a números que no son reales porque asumen que va a seguir la perspectiva de no denunciar. Si todas denunciáramos lo que tenemos que denunciar, se les acabaría el papel en el mundo. No es un proceso tan hostil como parece en las películas; si bien es difícil, es muy reparador que alguien te escuche y te diga que tenías razón en estar enojada. Hay un montón de gente para acompañarte. Yo tuve a mi familia, pero también me he convertido en esa persona para muchos otros. Hay un camino por recorrer; cuando uno cree que no se puede hacer nada, sí se pueden hacer cosas. Anímense a recorrerlo si lo desean: no solo la denuncia, sino hablar con tu amiga, tu pareja, con quien sea. Hablar y después ver para dónde ir. Acompañada es más fácil pensar para dónde caminar; la soledad te consume porque te quedás encerrada con tu abusador. Cuando metés a otras personas en la diada, al otro le sacás el poder.

 

 

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