Nuevo edición con la conducción de la Dra. Verónica Ottaviano y en el regreso tras el receso invernal la visita de la jueza de la Cámara de Apelación en lo Comercial N° 2 Laura Larumbe. Nacida en Coronel Pringles, hija de padre escribano, tenía todo para continuar con la tradición familiar, pero hizo una rica trayectoria judicial en La Plata donde desde hace 13 años es jueza de Cámara.
Verónica Ottaviano: Laura, sos jueza de la Sala III de la Cámara de Apelaciones de La Plata, abogada y con formación notarial. Contanos un poco sobre tu trayectoria y tu visión sobre la profesión.
Laura Larumbe: Llevo 36 años en el Poder Judicial de La Plata. Fui empleada y secretaria del Juzgado Civil y Comercial N° 8 por 17 años, luego estuve siete años como jueza del Juzgado Civil y Comercial N° 10, y hace 13 años que estoy en la Sala III de la Cámara Segunda de Apelaciones.
¿Cómo es tu vida previa a ingresar al Poder Judicial?
Nací y me crié en Coronel Pringles. Mi papá y mi tío eran escribanos, una familia del notariado bonaerense. Me recibí en 1989 y me inscribí en el registro de aspirantes a escribania y fue adscripta al Registro de mi papá por ocho o nueve meses, pero mientras hacía unos trámites en La Plata, un compañero me propuso hacer una práctica en un juzgado del cual era titular su tío y fui un día y no volví más a Pringles; me quedé en La Plata. Mi papá tuvo que resignarse, pero fue muy condescendiente porque entendió que era mi verdadera vocación.
—¿Qué fue lo que te atrajo en esos primeros pasos dentro del Poder Judicial?
—El contacto con la gente, yo estaba en mesa de entradas. En esa época no había computadoras, se usaban máquinas de escribir a tecla y papel carbónico donde tenías que pasar todo por triplicado. En la escribanía de mi papá, los clientes lo buscaban a él, el contacto con la gente no lo tenía. En cambio, el juzgado era un flujo permanente de personas, en una época donde se había dado la quiebra del Jockey Club de La Plata. Después pasé al ocho donde había muchas sentencias por hacer, ahí era la época de una tarjeta de la época que se llamaba Multicompras, una tarjeta de crédito medio rara con pilas de juicios como ahora con las financieras. Lo que más me gustaba era la relación con la gente. Durante muchos años tomé audiencias testimoniales y confesionales. Esa cercanía con las partes fue lo que más me atrapó.
¿Cómo fue esa transición de esa estructura del notariado a ser un órgano decisoria en la vida de las personas?
Después de 36 años entendí por qué a los escribanos —por lo menos en los pueblos del interior, que es lo que yo conozco— son referente para las personas en donde están los registros, son personas de confianza.
En el caso de los jueces, muchas veces me pregunto qué debiéramos hacer para resultar confiables hacia la gente, porque el escribano termina siendo como un confesor. Yo siempre les digo: «No pierdan esa confianza que la gente o el cliente deposita en ustedes, porque es lo más difícil de ganar y lo que se pierde en un minuto».

Te has especializado en mediación que busca resolver las causas para evitar lo juicios. Vos planteas que lo que ven detrás del conflicto es a una persona o dos personas que no están pudiendo comunicarse entre sí, y por eso se genera esa disrupción que llegó a la justicia. Es una mirada totalmente diferente de lo que nosotros entendemos como justicia tradicional, donde el juez va a fallar conforme lo que dice el Código Procesal Civil y Comercial o el Código Civil y Comercial.
Muchas veces en derecho y en familia —en cuestiones que involucran a parientes, hermanos, padres con hijos o vecinos—, la solución que nosotros podemos encontrar conforme a la ley no conforma a ninguno. Entonces, la idea es tratar de escuchar, de ver al otro, en el conflicto hay personas. Si nos da la posibilidad el proceso y el juicio, estamos dispuestos a oírlos, a escucharlos activamente para ver si podemos generar algún tipo de diálogo entre esas partes y ver si esas partes, que a lo mejor vienen en un conflicto de hace 20 años, encuentran una solución dialogando entre ellos.
Laura: me decías que el órgano que vos integrás es casi omnicomprensivo, porque es un órgano de apelación de cuestiones relacionadas con quiebras, daños y perjuicios, comercial, familia…
Claro. Y las cámaras de La Plata tenemos una particularidad: somos alzada de los colegios profesionales. O sea, las decisiones que toman los colegios profesionales (martilleros, ingenieros, todos los colegios profesionales de la provincia) terminan en La Plata, en las cámaras nuestras. Además tenemos competencia notarial y de personas jurídicas.
O sea que tienen que saber un poco de todo. ¿Se puede saber de todo?
No, no se puede saber todo. Además, como la competencia de alzada del Tribunal de Disciplina del Colegio de Escribanos y del Juzgado Notarial es desde siempre, nosotros tenemos un fichero que viene desde la época de Billordo – Mendivil. Los secretarios de la sala se han encargado de mantenerlo vigente y tenemos cargadas un montón de resoluciones con las directivas más comunes.
Aunque, después del aggiornamiento que están sufriendo todos los organismos (por ejemplo, Personas Jurídicas, que hasta donde yo sé no tiene digitalizados sus expedientes porque vienen las intervenciones en papel aunque tengan firma digitalizada), creo que no va a tardar mucho en que los expedientes que tramitan ante el Tribunal de Disciplina del Colegio de Escribanos o en el Juzgado Notarial estén todos digitalizados, y nos va a resultar más fácil.
¿Qué porcentaje de incidencia tienen las cuestiones de familia que llegan a ustedes sobre otras causas?
Laura: Un 70% es familia. El resto es quiebras de consumidores (que es un tema muy vigente en este momento), cobros ejecutivos, apremios, muchas usucapiones, reivindicaciones, problemas de tierras… Desalojos con defensas de usucapión, incumplimientos de contratos… Vos pensá que es civil y comercial: contratos de grandes constructoras en tramos de cloacas y hasta derecho de los consumidores. Es muy amplio todo.
En mi cámara somos seis y un presidente fijo, y en la Cámara Primera son seis y un presidente fijo, porque los presidentes de las cámaras de La Plata integran la Junta Electoral de la provincia por la Constitución de la Provincia. Ellos, además de tener la representación de la cámara, integran la junta electoral: un año par integra el presidente de mi cámara (la Cámara Segunda) junto con el presidente de la Cámara Penal. También están los presidentes de la Cámara Contenciosa, cuya presidencia es rotativa.
¿Cuán importante es la formación más allá de lo jurídico, en cuestiones relacionadas con la escucha y la negociación?
Es que yo creo que, después de mucho tiempo y de ver tanta cantidad de conflictos… Cuando fui jueza de primera instancia no estaba el proyecto de oralidad (se implementó un año antes de que me fuera a la Cámara), pero siempre, una vez que se trababa la litis, llamaba a las partes y a los abogados. Me daba cuenta de que el 70% de las causas en las que yo había tomado la audiencia y había visto a las partes y que pedían, se arreglaban.
Después, en la cámara con las cuestiones de familia, me daba cuenta de que si nosotros escuchábamos no solamente a los niños, sino a los padres de esos niños que no tenían contacto con ellos, no solamente nos dejaba una sensación de bienestar a nosotros, sino que hasta ellos podían llegar a encontrar la solución a ese conflicto.
Escuchar al otro implica prestarle atención y tratar, por un lapso de tiempo razonable, de ponerse en el lugar del otro. Nos ha tocado el caso de una chica de no más de 20 años con tres hijos que había caído en las drogas y estaba queriendo rehabilitarse. Esos tres chiquitos estaban en abrigo y habían sido dados en guarda con fines de adopción; habían encontrado una familia que quería adoptarlos. La llamamos a la chica porque tenemos un pacto con mi compañero de sala: después de la pandemia, las audiencias que tengamos que tomar respecto de conflictos de familia son presenciales. Si los chicos no pueden ser trasladados desde el hogar de menores (tenemos un hogar muy lindo en Punta Indio, El Ángel Azul, pero queda lejos y muchas veces no tienen transporte para traerlos a La Plata), nos vamos nosotros a verlos.
Lo mismo pasa con los padres de esos chicos: aun cuando estén presos, preferimos que vengan trasladados por el servicio penitenciario y tomarles la audiencia presencial, que nos vean y mirarlos a los ojos, antes que hacerlo por Zoom.
Eso nos dio la posibilidad, en el caso de esta chica, de ver que había venido a la audiencia pulcramente vestida, con ganas de superar su adicción, y nos dijo que tenía planes. Lo único que nos pidió fue que habláramos con el juez de primera instancia que había dispuesto la adopción para ver si en 6 meses tenía la posibilidad de ver a sus chiquitos, no para llevárselos, sino para no cortar el vínculo, porque se daba cuenta de que en ese momento no les podía ofrecer nada y que había actuado mal. Es darle la posibilidad al otro de decir: «Actué mal, me pasó lo que me pasó, pero quiero ser mejor persona».

Hace poco salió la noticia de un abogado que fue sancionado por la cantidad de escritos que había metido de manera automatizada a través de inteligencia artificial. Parece que hoy en día todo se hace a través de ChatGPT o Claude, y sin embargo volvemos a las fuentes: al cara a cara, al escucharnos. Lo viejo funciona.
Laura: Bueno, pero es que la inteligencia artificial es una herramienta excelente. ¿Por qué le tienen tanto miedo a la inteligencia artificial si, en definitiva, nosotros somos humanos? Utilicemos la inteligencia emocional. Obvio, para eso hay que tener disposición y es un trabajo extra. Lo único que no se puede comprar en esta vida es el tiempo. Si vos disponés de tiempo… Alguien te puede decir: «Mira, si este abogado me presentó 100 escritos con un bot, le voy a responder de la misma manera». Bueno, bárbaro, es tu decisión y tu circunstancia personal. El día que yo me levante y decida trabajar de esa manera, me jubilo, no sirvo.
Creo que a la inteligencia emocional uno tiene que rescatarla frente a tanta inteligencia artificial; no hay que tener miedo. Son herramientas, pero la IA no va a poder medir sensaciones ni descubrir en la mirada de la persona si está sufriendo, si está diciendo la verdad o si está mintiendo.
Cambiando un poquito el ángulo de los temas, has hecho una extensa carrera judicial desde hace muchos años y has obtenido un cargo alto en el ámbito jurídico. Un ámbito que siempre se ha caracterizado por ser muy de los hombres, muy varonil. ¿Alguna vez has sentido que por ser mujer no has podido hacer algo, o te has sentido discriminada o dejada de lado?
No. Para mí era algo natural. Puedo entender que las nuevas generaciones lo vean como algo anormal, porque yo era como una rara avis: me quedé en un juzgado civil en La Plata, no era de familia judicial, era mujer y divorciada cuando empecé a concursar como juez. Cuando empecé a concursar los cargos de juez, ya era divorciada, y no era ni la esposa ni la amante de un político, o sea, era imposible.
¿Que me han dicho cosas que hoy se podrían tomar como discriminatorias? Sí, pero hace 20 o 30 años atrás era algo naturalizado. Y la verdad es que era así: uno muchas veces se guardaba de decir las cosas porque decía «ya va a llegar, ya va a llegar». El cargo de jueza me llegó cuando estaba hablando con el que era mi juez en ese momento y le estaba diciendo: «Mirá, desisto de concursar el cargo porque no conozco a nadie. Me voy a pedir licencia y me voy a trabajar con mi papá a Pringles, a la escribanía; vuelvo a Pringles». Mi hija Juana tenía 13 años, una edad razonable como para seguirme.
Yo nunca me sentí discriminada. Sí me llama la atención que les cueste encontrar a mujeres para integrar los tribunales superiores, tanto la Corte de Nación como la Corte de Provincia, porque hay muchas mujeres, tanto dentro del Poder Judicial como afuera, muy valiosas y que realmente han trabajado en el derecho, tanto de un lado o del otro del mostrador, de manera loable, con mucha vocación.
También muchas veces suelo pensar que les da miedo. Toda la vida trabajé con hombres. Bueno, de hecho ahora integro un tribunal que tiene seis varones y yo soy sola. Les da miedo porque es como que ellos tienen su propio lenguaje, sus cofradías. Es como que por ahí las mujeres somos diferentes, pensamos distinto. No quiere decir que pensemos ni mejor ni peor; tenemos una visión del conflicto, de los problemas. Estamos acostumbradas a solucionar un montón de cosas en el día. Y ellos no. Entonces, pero yo veo que es como una cuestión de tiempo nada más.
Una vez, conversando con un psicoanalista, él me dio su mirada. Me decía que muchas veces la paternidad era cultural, era algo adquirido que los hombres tenían conforme su cultura, su crianza, su manera de ver de qué manera podían ejercer la paternidad; y por eso muchos se podían desvincular, no saber ni siquiera que tenían un hijo y ser felices. En cambio, decía: «La maternidad es algo instintivo porque la mujer biológicamente está preparada para ser madre, y debería ser a la inversa solo si hay una patología. Ahí, en ese caso, la mujer puede abandonar al hijo; si no, no». Una mirada particular, puede ser cierta o puede que no. Me pregunto si, haciendo este paralelismo con este psicoanalista, si la perspectiva de género al momento de sentenciar, por ejemplo, un tema de alimentos, tiene algo que ver con esto. Si el hombre tuvo que haber hecho una transición, un aprendizaje en perspectiva de género, formarse un poco en eso, y si a la mujer quizás le sale de manera más natural.
Yo no creo que sea perspectiva de género. Yo creo que los varones son muy formales en temas que por ahí no los involucran. Hay un voto, una disidencia mía en la Sala II con Leandro Vanegas y con Agustín —que es el presidente, Agustín Hankovic—, en donde yo sostengo que el régimen de alimentos para esa franja de chicos que va desde los 21 a los 25 años es una continuación. ¿Me pueden explicar por qué la vida de esos chicos entre 21 y 25 años o más tiene que modificarse porque los padres estén separados cuando viven en la casa del progenitor conviviente, que en general es la mamá? Veremos si la mayoría, o podría ser a la inversa. Yo no estoy haciendo una distinción de género, estoy hablando del ser humano.
Realmente soy poco objetiva cuando me tocan esos temas porque lo he dicho, mi colega me banca en esto y decimos que el padre que no quiere pagar más alimentos para un hijo adulto —o sea, mayor de edad, pero que está estudiando—, lo único que tiene que acreditar el hijo es que está estudiando, que es alumno regular de algo; ni siquiera que se puede mantener económicamente. Si el padre no le quiere pasar alimentos, que le consiga un trabajo o que me acredite que se puede mantener solo. Pero el padre, el hijo no. Déjalo tranquilo al hijo porque ya bastante tiene con el conflicto y el divorcio de sus padres. O sea, pareciera que los adultos no se dan cuenta de que les desarmaron una familia. La incapacidad de ellos de mantenerse dentro de una estructura familiar… los más dañados son los hijos siempre. Y a su vez le sumás el egoísmo de uno de ellos de decir: «Ah, este es un vago bárbaro, yo no lo pienso mantener, que busque trabajo y se mantenga solo». ¿Y la madre qué hace? No, porque el Código en ese caso discrimina.
Yo he hablado con Marisa Herrera y con Aída Kemelmajer respecto de estos artículos en particular y les digo: «Por favor, cuando den charlas hablen con los jueces de familia y cambien la interpretación, porque estamos creando monstruos». El último que me tocó fue tremendo: el chico no había podido estudiar porque el padre le había pedido la subasta judicial de la casa que había sido sede del hogar conyugal a la mamá. El chico venía bien, estudiando derecho, pero ese año no pudo seguir la carrera porque tuvo que defender los intereses de la madre. En esa casa vivían él, el hermano y la mamá. O sea, yo digo, ¿hasta qué punto puede llegar el enojo de una persona para no darse cuenta de la dimensión de sus actos, no? Bueno, esas cosas me dejan flotando.
¿Cómo te ves cuando te toque tu retiro? ¿Volverías a Pringles?
Sí, volvería a Pringles donde están mis raíces, es mi pueblo. Yo hace más de 40 años que estoy en La Plata porque me fui a estudiar y no volví, pero voy seguido. Tengo mis amigas, ya mis padres no están, pero están mis tíos, mis primos. Es mi pueblo, o sea, es mi casa. Yo creo que el día que me jubile, ponete a los 75 u 80, cuando ya no tenga mucho más para dar acá, sí terminaría en Pringles.

































