La visita de esta semana al programa Se Hará Justicia fue la Dra. Raquel Negri, jueza titular del Juzgado Civil y Comercial N° 5 de Avellaneda – Lanús y que recientemente acaba de editar un ensayo con el título Lo suyo de cada uno donde hace un cruce entre el derecho y la filosofía. En diálogo con Verónica Ottaviano habló del ensayo y reflexionó sobre el sentido profundo del derecho.
Raquel Negri tiene una vida vinculada al derecho, que proviene desde su propio seno familiar ya que su padre, Héctor Negri fue un destacado juez de la Suprema Corte Bonaerense por décadas, además de docente, y porque Raquel hizo su propio camino siendo desde 2019, la titular del Juzgado Civil y Comercial N° 5 de Avellaneda.
Además de ser abogada, Negri también tiene una formación en filosofía, pasiones que integró en un ensayo recientemente editado con el nombre de «Lo suyo de cada uno», donde retoma una frase del jurista y filósofo de la Antigua Roma, Domicio Ulpiano, donde «donde explora cómo las fórmulas del derecho reducen al sujeto a categoría».
Teniendo el libro como disparador surgieron diversos debates: Cómo compensar a las víctimas pero problematizando desde una mirada que no sea estrictamente económica, cómo abordar los casos cuando hay en pugna diferentes cosmovisiones y porque es necesario nunca perder la mirada humana en la aplicación del derecho.
Uno de los casos que aborda es el de una migrante venezolana y su lucha en la Justicia tras la muerte de su hermano en un accidente, un hermano que estaba asentado en forma irregular en la Argentina. Un caso en el que hace un paralelismo con la obra Antígona de Sófocles en una tragedia donde el origen de la misma comienza en la necesidad de Antígona de enterrar a su hermano a pesar de la negativa del rey de Tebas, Creonte.
«Esta migrante tuvo que reconocer ante las autoridades judiciales su propia irregularidad migratoria, reconocer los papeles apócrifos, pedir las partidas de nacimiento, apostillarlas, legalizarlas, ir, volver, volver a ir, exponerse a quedar presa de un montón de cosas. Y ella lo siguió adelante, lo siguió a lo largo de mucho tiempo, de muchas semanas, para poder llevar a su hermano al cementerio de Lomas y darle sepultura», detalló Negri.
«Finalmente lo logra, pero todo ese camino que había recorrido era muy evidente, era muy doloroso. Había sido realmente una odisea que había transitado ella como hermana. No tenía otros familiares, su madre había fallecido, al padre no lo conocían… había tenido que hacer un recorrido realmente muy intenso en donde era innegable toda la carga emotiva que había tenido y, además, todo el daño moral que ella había sufrido», agregó.
«Lo que pasa es que teníamos también una traba. Lo único que reclamaba en sede civil era el daño moral en un momento en donde regía el código viejo, el código anterior, que no daba la posibilidad de reclamar el daño moral a los hermanos colaterales. Era a la propia víctima o, a lo sumo, a los herederos forzosos, pero no a los hermanos, no a la hermana. Estaba ese escollo, pero era innegable que había un daño moral».

«Esa dificultad fue sorteada a través del planteo de inconstitucionalidad, y gracias a eso pudo obtener la reparación económica del daño. Pero, de todas maneras, yo lo que decía también en el libro es que a veces esa reparación no alcanza, porque la justicia no devuelve la vida a una persona muerta. Solamente, en este caso, alcanzó para reconocer que su hermana había tenido el dolor que tuvo, que había transitado el camino que transitó», afirmó Negri.
¿CÓMO COMPENSAR DESDE EL DERECHO UNA VIDA HUMANA?
«De algún modo también reconocer que la vida tiene un precio, un justo precio. La vida humana, ¿cómo hacés para poner una cifra en donde antes había una vida? Esa es la dificultad mayor. Hay cosas que no podés reparar a través del dinero. Entonces, ¿qué es compensatorio en el monto indemnizatorio? ¿Cómo se compensa? ¿Con el valor de un departamento, con el valor de un viaje? ¿Qué es lo que puede compensarte la vida de un hermano, compensarte el dolor? Un trabajador que perdió sus manos, ¿qué puede compensarle ahora la falta de sus manos? Es muy difícil ponerle precio a eso», reflexionó.
«Se han probado un montón de técnicas. El código nuevo lo que pide es que se ponderen los datos vitales de los reclamantes y que se justifique de una manera muy precisa. Eso en un primer momento fue interpretado como que había que poner una fórmula; calcular la edad, el sueldo que cobraba, la salud en general que tenía, el tipo de actividad… todo eso se va cuantificando y termina en una suma aritmética».
«¿Y el daño moral? Bueno, dependerá de un porcentaje de esa suma en donde se ponderaba, entre otras cosas, el sueldo de los reclamantes. Entonces, en la medida que uno lo fija con una ecuación aritmética que está de algún modo también sujeta a lo que uno producía, terminás reduciendo a la persona no solamente a una cifra, sino a un valor económico de acuerdo a la actividad que desempeñaba o a lo que generaba o a lo que producía».

Sobre esa modo de pensar, Negri reflexionó: «Es muy difícil entonces establecer una cifra, porque todo el tiempo estamos reduciendo a las personas a categorías. Cada vez aparecen más categorías: daño físico, daño psicológico, daño moral… y todo eso es reducir a la persona, como si su ontología misma fueran pedacitos de cosas que tienen un valor apreciable en dinero».
«La moral no puede estar a veces pendiendo del daño físico o de cuánto generaba una persona, cuánto producía o cuánto trabajaba, porque la moral es idéntica en el que ganaba muchísimo dinero, en ese médico que tenía una vida por delante llena de éxitos, y en aquella persona que de pronto no tenía trabajo, producía muy poco y ganaba muy poco. La moral es la misma», enfatizó.
«Porque precisamente la justicia, como decía Ulpiano, es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo. Lo que no dice Ulpiano es qué es ´lo suyo de cada uno. Y eso «suyo», que lo digo en el libro, es el reconocimiento; es devolver la dignidad. Cuando la justicia devuelve a la persona la calidad de suyo, de sí mismo, cuando le devuelve a la persona el respeto, eso que se le arrebató en el momento de la cosificación, entonces la justicia está haciendo lo que debe hacer», concluyó Negri.
EL CASO DEL NIÑO GUARANÍ, CUANDO DOS COSMOVISIONES ENTRAN EN PUGNA
Otro caso que aborda Negri es el de un niño de una comunidad guaraní que simboliza el choque entre dos cosmovisiones de la vida ante una afección cardiaca: la del cacique de la tribu diciendo que tenía una piedra en el corazón y la médica positivista que identificó un tumor que ponía en serio riesgo la vida del niño.
«Para los caciques de esta comunidad, el nene tenía un mal que se llama ´el mal del viento´: un espíritu malo se le metió y se le había alojado ahí en el corazón. Entonces, la forma de curarlo era llevarlo al bosque, al lugar donde el espíritu supuestamente había ingresado, y hacer una serie de rituales para que se fuera del cuerpo y así el nene iba a sanar. Pero claro, eso para esa comunidad era su realidad, y para los médicos del hospital, con tomografías, resonancias magnéticas y estudios, si el nene no se sometía a la cirugía, se iba a morir».
«El conflicto era entre dos realidades, porque para la comunidad ellos tenían su forma de curarle la enfermedad que sabían que tenía, y para los médicos tradicionales la forma de curarlo era la cirugía. Esas dos cosmovisiones eran irreconciliables. No había manera de encontrar un camino intermedio, porque si le ponían la mano para sacarle la piedra, para la comunidad se moría, y si no se la sacaban, para los médicos se moría».
«La jueza que tuvo que intervenir de alguna manera intentó conciliar las dos cosas: dijo bueno, que el nene se opere, pero que dejen a la comunidad hacer los rituales en el hospital. Pero claro, no funcionaba así en realidad. El tiempo pasó, la operación se hizo, los médicos consideraron que había sido exitosa, el nene volvió a su comunidad y poquito tiempo después muere. Y no solamente él; en cuestión de horas siguientes se muere también el hermanito. O sea, dos muertes, una detrás de la otra», recordó.
«El caso es muy conmovedor y la pregunta que nos hacemos todos es: ¿qué hubiese decidido yo en un caso así? Porque uno está educado en esta cosmovisión occidental y en esta cultura», reflexionó.
Ese caso motivó abre una serie de debates en la aplicación del derecho: «si la Justicia fuera un silogismo, cada solución ya estaría tomada de antemano y el juez sería solamente un operador lógico que tiene que aplicar bien la fórmula. El tema es que la decisión no es un silogismo. Incluso hay leyes que son injustas, o hay aplicación de leyes que en determinada circunstancia resultan injustas. Hay que mirar el caso; cada caso es diferente y no hay una solución uniforme. La decisión no es exclusivamente por aplicación mecánica».

«Hay muchas soluciones posibles, muchas cosmovisiones, a la hora de tomar una decisión o una determinación. Yo siempre digo que hay que mirar cada caso de manera particular, que no hay dos casos idénticos. Hay ciertas características que puedan tener alguna situación, pero no hay dos casos iguales jamás».
«Y esa es la mirada que uno tiene que tener. Yo lo pongo también en el libro en un momento: la justicia ciega es una justicia indiferente. La justicia tiene que tener los ojos bien abiertos, bien abiertos hacia las partes, hacia el otro; y, en todo caso, ciega frente a sus propias pasiones, ciega frente a la dependencia de otros sectores, pero sí con la mirada bien abierta y bien puesta en cada una de las partes que integran el conflicto», destacó.
EL LIBRO Y SU PADRE, LA HUMANIZACIÓN DE LA JUSTICIA
Lo suyo de cada uno, es el nombre del ensayo editado por Negri donde entrecruza la mirada jurídica y filosófica, campos en donde tiene formación.
«Siento que este libro empezó a escribirse más o menos cuando yo tendría 8 años y me escondía debajo del escritorio de mi papá para escuchar las clases que él daba a sus alumnos y las enseñanzas que él transmitía. A mí la filosofía me la transmitió mi papá en la mesa, en la mesa familiar y en esas clases», recordó a su padre Héctor Negri que fue juez de la Suprema Corte bonaerense entre 1983 y 2020. Además de ser docente.
«Cada vez que tengo que tomar una decisión o que tengo que pensar algo, a veces digo: «Bueno, ¿y qué me diría él? ¿Cómo lo pensaría él?». Y el diálogo continúa. Lo interesante es que el diálogo con las personas que no están sigue estando, no porque uno vaya a obtener una respuesta del otro lado, sino porque la respuesta ahora sí está en el corazón».
«Recuerdo de tener un diálogo con él, en donde le pregunté en relación al ejercicio de la profesión, ¿cuándo voy a hacer callos? ¿Cuándo no me van a doler estos casos terribles que de pronto tenemos que leer?». Y me dice: ´El día que deshumanizás los casos, el día que deshumanizás la justicia, ese día hay que retirarse´. Y bueno, mi papá nunca se retiró».
«Creo que nos podemos equivocar, por supuesto que sí. La equivocación más grande es pensar que no podemos equivocarnos. El tema es que yo creo que corresponde hacer todo el tiempo una mirada frente a uno mismo, como en un espejo, porque siempre que tomamos una decisión creemos estar del lado del bien. Tenemos la convicción, las personas que creemos en el bien y en la justicia queremos ir hacia allá y creemos estar en el lado del bien y de la justicia, pero siempre tenemos que plantearnos la posibilidad de que no estemos haciendo las cosas correctamente, de la posibilidad de estar equivocados».
«Hacer justicia es para mí devolverle a cada uno la dignidad que le fue arrebatada en el momento que fue cosificado. Para mí, el secreto está en «lo suyo de cada uno», en este movimiento hacia el otro; un otro que es constitutivo, que nos constituye en el encuentro, en el diálogo, en el amor. Es devolverle a cada uno lo suyo, devolverle la entidad de su sí mismo. Este desplazamiento hacia la persona, ese no olvidar, ese reconocer al otro como un libre y como un igual», cerró Negri.
































