Por Leonardo Martín
Un día iba a ocurrir. El, por ahora, inexorable e inevitable paso del tiempo. Lionel Messi anunció su retiro de la Selección Argentina con un posteo en redes sociales. Se sabía que la decisión estaba cerca, que era inminente o que en el mejor de los casos podía extenderse con mucho viento a favor hasta la Copa América 2028. Con su decisión se termina una era gloriosa del fútbol argentino.
La última Copa del Mundo ya fue un vaivén de emociones. Tenía ese tono nostálgico por adelantado, «la última de Leo», con un equipo que no brilló, pero que construyó una épica a lo largo del torneo.
Una historia con la Selección que comenzó de apuro y un poco improvisada. Un 29 de junio de 2004, la Asociación Argentina de Fútbol -entonces encabezada por Julio Grondona- armó un partido amistoso juvenil entre Argentina y Paraguay en la cancha de Argentinos Juniors, un estadio y debut que une a las dos leyendas del fútbol argentino. Había que garantizar que Messi juegue para Argentina y no lo haga para España.

El primer momento brillante de Messi fue en la Copa del Mundo Sub 20 de 2005 jugada en Holanda. Un equipo dirigido por Pancho Ferraro, que lo puso de suplente en el debut. Al ingresar cambió todo, se palpaba la sensación de que había llegado el reemplazo de Diego. En esa época, Messi era todo velocidad, habilidad y verticalidad. Campeón del Mundo y mejor jugador.
Llegaría después el Mundial de Alemania en 2006 donde fue convocado por Pekerman y donde llegó a jugar y a hacer un gol. Pasan los años y queda la duda de que hubiera ocurrido si Messi ingresaba contra Alemania en el cruce de los cuartos de final. Argentina ganaba y había espacios contra defensores grandotes y lentos. Como descargo para Pekerman, ese día tuvo que hacer dos cambios obligados por las lesiones de Abbondanzieri y Crespo.

Cómo toda historia épica, a Messi le tocó atravesar el desierto. Las críticas despiadas, las finales perdidas, la comparación odiosa con Maradona, el dolor de no alcanzar ese sueño de ganar con la Selección.
Vinieron las seguidilla de finales perdidas. La Copa América de 2007 en Venezuela, la eliminación del Mundial de Sudáfrica, la final con Alemania en 2014 y las dos con Chile por la Copa América. En el medio la alegría de la medalla de oro en los JJ.OO. de Pekín de 2008.
Parecía que nunca se iba a dar ese título, incluso Messi llegó a renunciar a la Selección después de la segunda final perdida con Chile. Para colmo, poco tiempo después, se dio el desmadre en el Mundial de Rusia con un equipo desmembrado futbolística y emocionalmente.
Pero como buena historia guardaba un giro hacía la épica y los momentos felices. Asume Lionel Scaloni interinamente, hace un recambio generacional necesario y desde allí comenzaría a escribirse una nueva historia con un plantel conformado por jugadores que admiraban e idolatraban a Messi. Que jugaban por la Selección, pero también por el capitán y número 10.

Y Messi fue un gran líder, no desde la sobreactuación, sino desde el ejemplo. Desde lo futbolístico y el profesionalismo. Si el propio número 10 ya consagrado dejaba todo por la Selección, no había lugar para vedetismos ni caprichos.
Vendría la Copa América 2019 donde ya se vio un equipo interesante, al que le metieron la mano en la semifinal con Brasil y la Copa América de 2021, que se debía jugar en Argentina, pero que desistió por la pandemia. Allí llegaría el demorado primer título con la mayor en la final ante Brasil.

Pasarían la Finalissima con baile a Italia en Wembley y el Mundial de Qatar, el momento de máxima gloria. La cuenta pendiente saldada. La esperada Copa del Mundo. La mayor alegría colectiva de Argentina en los últimos tiempos. Ver de nuevo campeona a la Selección y verlo a Messi campeón. No se podía retirar sin ganar un Mundial.
El resto es historia más reciente. La Copa América en 2024, donde tiene que salir lesionado de la final con Colombia y la Copa del Mundo reciente. Un equipo que no brilló, pero que fue todo corazón, que ganó un partido para la historia con Inglaterra y que construyó una épica con Messi como abanderado con 39 años.
Lionel recibió críticas durísimas, de que no era como Diego, que no cantaba el himno y otras cosas más que ponían en duda su argentinidad. Messi se fue a los 12 años del país, pero no tiene un solo modismo español, una sola huella de ese paso. 28 años después sigue hablando en rosarino. Hablame de identidad.
Hoy la sensación para la Selección es de desamparo. No va a estar más la carta para cantar el retruco y quiero vale 4. El jugador del que esperábamos la genialidad, el gol o el pase de magia para habilitar a un compañero o destrabar una jugada. Vendrán otros jugadores y otras historias. Hay que confiar en el fútbol argentino.
Un día iba a ocurrir, el comienzo del tránsito en el terreno de los recuerdos. Por suerte quedan los mejores. Una historia con esperanza, caída, resurrección y épica. Y con los mejores recuerdos en la memoria emotiva del pueblo argentino.
¡Gracias Lionel por todo!






























