Nota de Opinión: Uno de Nosotros

Por NICOLÁS AVELLANEDA

A esta hora, cuando los restos de César “Lolo” Regueiro ya descansan en paz; ahora, cuando ya se sabe que la brutal represión devino de una aviesa maniobra policial pergeñada y realizada con el único fin de enviarle un clarísimo mensaje al gobernador bonaerense (“Que ese ruso de mierda sepa que con nosotros no se jode”, dicen que dijo el comisario que, junto a otros oficiales, urdió el plan que derivó en la tragedia del jueves por la noche), la decepción, la bronca y el dolor dejan paso, además, a otras cosas.
En verdad, si bien casi no hay antecedentes de que un hecho similar haya ocurrido en nuestro país a raíz de un partido de fútbol, el accionar criminal que la policía bonaerense exhibió el jueves no debiera sorprender a nadie. Si bien los efectivos de hoy son otros, La Bonaerense es la misma de la masacre de Andreani; la misma de la masacre de Wilde; la misma de la masacre de Ramallo y la misma de tantos y tantos otros hechos criminales que tuvieron por protagonistas a sus hombres, casi ninguno de los cuales luego recibió castigo alguno (en Andreani y en Ramallo “no supimos qué pasó” y, en el caso de Wilde, el único que fue preso –un sargento de apellido Rodríguez- casualmente se fugó sin que nunca nadie pudiera hallarlo luego).

Todos los que concurrimos asiduamente a los estadios de fútbol, sabemos perfectamente que la policía (la de donde sea), no está en el lugar para cuidar a nadie sino para hacer negocios. El primer negocio –el único lícito y no tanto, claro, es cobrarles a los clubes, y por anticipado, el costo del operativo a montar, del cual solo puede opinar y decidir la propia policía (cuántos efectivos se requieren, qué calles y desde qué hora van a cortarse y otros varios etcéteras, que incluyen el monto de ese operativo –los clubes no pueden decir “es muy caro” o “no podemos pagar esa cifra”, porque entonces la policía responde que, si no pagan, no hay partido-). Ante este primer negocio, nadie se pregunta por qué la policía debe cobrarle a un contribuyente (los clubes también pagan impuestos) por prestar un servicio público que a todas luces –como en el caso del partido en Gimnasia este jueves- no solo no es necesario sino que es contraproducente.

¿Acaso la policía les cobra al gobierno de la ciudad, al de la Nación o al de la provincia cuando alguno de estos decide realizar un acto que requiera de la presencia policial? No, no les cobra. ¿Y por qué no les cobra? Porque cada efectivo, desde el primero hasta el último, cobra un sueldo de alguno de esos gobiernos para prestar el servicio público que presta. Y todos los gastos de ese servicio están cubiertos, también, con dineros públicos. Así las cosas, en principio, no se ven muchas diferencias entre un partido en la cancha de Racing, de Arsenal, de River, Boca o Gimnasia, y un acto en la Plaza de Mayo, en la avenida Nueve de Julio o en el centro de La Plata. Y que nadie argumente que no se puede hacer esa comparación porque a las canchas de fútbol va gente violenta, porque el jueves a la noche quedó demasiado claro quiénes son, en realidad, los violentos.

Pero bueno, demos por aceptado ese primer negocio, supuestamente lícito. De todos los otros negocios, ya se sabe, la policía participa en un importante porcentaje junto a la barra del club local. Sin embargo, muchas veces no le alcanza. Entonces esquilma a los pobres vendedores de chucherías y choripanes como producto de sendos “operativos” que lo único de “operativo” que tienen es la operación de la coima.

Paralelamente, de pronto la policía se ve inmersa en una “interna”. Que puede provenir de la propia institución (hay que “bajar” a algún jefe molesto), de un problema con la conducción política (el ministro del área ya tiene podridos a los jefes de la fuerza), o tener otro origen. En cualquiera de esos casos, la policía suele “aprovechar” un partido de fútbol u otro tipo de manifestación popular para reprimir a troche y moche, sin motivo alguno y con una ferocidad que espanta. Total, a lo sumo, efectivamente va a caer el jefe apuntado por sus subordinados, el ministro molesto o algún otro gil del área política que no se dio cuenta de calmar a tiempo la tormenta.

Pero los hechos del jueves deben mover a una profunda reflexión a todos aquellos que habitualmente concurrimos a ver partidos de fútbol. La Bonaerense acaba de demostrarnos, una vez más, que no tenemos que cometer ningún delito ni acción violenta para que nos repriman y nos maten (varios testigos afirman que los policías impidieron que Regueiro fuera llevado a una ambulancia pese a que su estado de gravedad era evidente y, por el contrario, siguieron lazando gases en torno a la víctima, lo que claramente convierte su muerte en un asesinato). Esta vez fue Lolo Regueiro. Pero en junio de 2013 Javier Jerez, un hincha que había ido al Estadio Único de La Plata a ver jugar a su equipo contra Estudiantes, fue asesinado de un balazo de goma en el pecho disparado a muy corta distancia. Otro hombre fue herido de gravedad al recibir perdigones de goma en su rostro. Desde luego, los autores de ambos disparos fueron policías de La Bonaerense. Y, también desde luego, no había ningún motivo para reprimir de ese modo a gente que ya estaba ingresando al estadio.

A Gaby, un compañero mío de tribuna (que entró como hincha “neutral”, o sea camuflado, porque es bostero), felizmente no le pasó nada más allá del susto y los gases. Pero solo por casualidad. Porque esta vez fue Regueiro pero pudo haber sido cualquier otro, y por cierto muchos más. Es que, como sea, al margen de las banderas, de los colores, de las ganas de salir campeón y de la posición en la tabla, Regueiro era uno de nosotros. Y, claramente, el próximo puede ser uno, cualquiera, de nosotros.

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